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La creación poética como misterio

Por: Adiela Jaramillo Echeverri

          «Las cosas no son todas tan palpables ni tan expresables como querrían hacernos creer la mayoría de las veces; la mayor parte de los acontecimientos son indescriptibles, se desencadenan en un espacio que jamás ha pisado una sola palabra, y lo más indescriptible de todo son las obras de arte, existencias misteriosas, cuyas vidas perduran junto a la nuestra, que acaba por desaparecer».

          —Rainer Maria Rilke —

La creación poética, como una de las formas de la creación artística, sigue siendo uno de los pocos territorios donde el conocimiento no logra imponer del todo su orden. Podemos estudiar la métrica, los recursos literarios, la historia y las diferentes corrientes; podemos incluso rastrear influencias, genealogías, tradiciones. Pero el instante en que un poema acontece —ese momento en que una palabra encuentra su lugar como si siempre hubiera estado esperándolo— permanece envuelto en una zona de sombra. No es ignorancia: es misterio. Un misterio fértil, irreductible, que se resiste a la explicación definitiva.

Esto queda, de algún modo, reafirmado por Stefan Zwig cuando nos dice:

          «A veces nos es dado asistir a ese milagro, y nos es dado en una esfera sola: en la del arte» (1).

y agrega más adelante:

          «La creación artística es un acto sobrenatural en una esfera espiritual que se sustrae a toda observación. Tan imposible nos resulta explicar el elemento pristiño de la fuerza creadora, como en el fondo nos es imposible decir qué es la electricidad o la fuerza de gravitación o la energía magnética» (2).

Cada poeta conoce, a su manera, esa experiencia de irrupción. No se trata de una inspiración romántica en el sentido ingenuo del término, sino de una forma de atención radical. El poema llega como una visita inesperada: no se le convoca, se le hospeda. A veces surge de una imagen mínima —una taza olvidada, una calle vacía, un gesto cotidiano— y, sin embargo, esa imagen comienza a expandirse hasta volverse signo. El mayor de los misterios ocurre cuando lo ordinario se vuelve revelación. El lenguaje, que parecía obedecer a la costumbre, se desajusta y empieza a decir más de lo que sabía.

Y en este sentido toma fuerza volver a recordar los consejos de Rilke al joven poeta:

          «Por ello refúgiese de los motivos comunes en los que le ofrece su propia vida cotidiana…para expresarse, utilice las cosas de su entorno, las imágenes de sus sueños y los objetos de sus recuerdos» (3).

Por eso la creación poética es, en esencia, una forma de revelación. No necesariamente religiosa, aunque comparta con lo sagrado su carácter de acontecimiento. El poema revela lo que estaba oculto en la experiencia, pero también revela al propio poeta. Mientras escribe, el poeta descubre zonas de sí mismo que desconocía. La escritura no es únicamente expresión: es conocimiento. Un conocimiento que no procede por demostración, sino por iluminación súbita, por hallazgo.

          «El acto mediante el cual el hombre se funda y se revela a sí mismo es la poesía» (4).

Hay, además, un momento en la creación poética en que el poeta entra en un territorio de extrañamiento radical. Mientras el poema se escribe, deja de pertenecer plenamente a sí mismo y al mundo que lo rodea. No es ausencia, sino suspensión. El yo cotidiano se vuelve poroso, se diluye, y en su lugar aparece una conciencia en tránsito, una especie de intemperie interior donde las palabras comienzan a ordenarse con una lógica secreta.

El poeta habita entonces un umbral: no está del todo en la realidad ni completamente fuera de ella. Permanece en una zona intermedia, un espacio de desposesión y de escucha, como si fuera huésped de su propia voz. Allí, las certezas se aflojan, el tiempo se vuelve más lento y el lenguaje adquiere una densidad distinta. Las palabras ya no responden únicamente a la voluntad, sino a una fuerza subterránea que las empuja a decir lo que aún no tiene nombre.

En ese estado de no pertenencia, la identidad se vuelve provisional. El poeta no controla del todo lo que escribe, pero tampoco es un simple instrumento. Participa y se retira al mismo tiempo. Escucha cómo el poema se abre paso entre silencios, cómo una imagen llama a otra, cómo una frase exige su propia respiración. Es un estado cercano al desarraigo y, sin embargo, profundamente fértil: una forma de exilio momentáneo que permite ver el mundo con ojos nuevos.

Y luego, en esta perspectiva, de nuevo Sweig arroja luces:

          «…pues toda creación verdadera solo acontece mientras el artista se halla hasta cierto grado fuera de sí mismo, cuando se olvida de sí mismo, cuando se encuentra en una situación de éxtasis. Y permítanme ustedes recordarles en esta oportunidad que la palabra griega ektasis no significa otra cosa que estar fuera de sí mismo» (5).

Sin embargo, esa revelación y ese extrañamiento no ocurren en un lenguaje intacto. El poeta trabaja con palabras ya usadas, gastadas por la repetición social. La tarea poética consiste entonces en una operación de deconstrucción: desmontar los significados heredados, quebrar las asociaciones previsibles, fracturar la sintaxis rutinaria. El poema desarma el lenguaje para devolverle su potencia original. Allí donde la lengua cotidiana se vuelve transparente y automática, la poesía introduce extrañeza. Hace visible lo que no parece natural.

Deconstruir el lenguaje no significa destruirlo, sino abrirlo. El poeta desconfía de las palabras demasiado seguras de sí mismas. Sabe que toda palabra contiene una historia, una carga de sentidos sedimentados. Por eso la somete a tensión, la desplaza de su lugar habitual, la enfrenta con otras palabras inesperadas. En ese choque surge una nueva energía semántica. El lenguaje, sacudido, vuelve a respirar.

Después de la deconstrucción viene la arquitectura. El poema no es un fragmento caótico: es una forma. Cada verso ocupa un lugar preciso, cada silencio cumple una función. La poesía construye una nueva casa para los sentidos. Una casa donde el ritmo es la estructura invisible que sostiene el edificio, donde la imagen es la ventana y el silencio es el muro. La arquitectura del poema no se impone desde afuera; emerge desde adentro, como si las palabras mismas buscaran su equilibrio.

Tal vez la creación poética sea, finalmente, una forma de misterio y el poeta su cuidador. Cuidar una palabra hasta que diga lo que necesita decir. Cuidar el silencio que la rodea. Cuidar esa frágil claridad que aparece cuando algo se revela. El poeta escribe para que no se pierda del todo el asombro, para sostener encendida una pequeña luz en medio de la intemperie.


1. Sweig Stefan, El misterio de la creación artística, Rialp, Madrid, 2023, p.20.
2. Sweig Stefan, El misterio de la creación artística, Rialp, Madrid, 2023, p.25
3. Rilke Rainer Maria, Cartas a un joven poeta, Nórdica, Madrid, 2021, p.48.
4. Paz Octavio, El arco y la lira, Fondo de cultura económica, México, 202o, p.156.
5. Sweig Stefan, El misterio de la creación


Luz Adiela Jaramillo Echeverri nació en Abejorral, Colombia. Es Ingeniera Metalúrgica por la Universidad de Antioquia. Máster en Escritura Creativa por la Universidad de Salamanca; donde su proyecto de grado, El punto ciego del retrovisor, obtuvo matrícula de honor; y máster en Poesía por la Escuela de Escritores.

Hace parte del colectivo poético Isotopía, con el cual publicó Marcas de agua en bordes de piedra (Editorial Urdimbre, España, 2025; Editorial Grámmata, Medellín, 2025), una propuesta colectiva donde la poesía dialoga con el territorio, el lenguaje y las fisuras de los visible. Ha participado en FILBo 2024 y 2025 así como en Fiesta del libro de Medellín 2025. Otras publicaciones suyas son: El punto ciego del retrovisor, Vásquez Editores, Medellín, 2023; Gravedad cero, Editorial Grámmata, Medellín, 2025.

Escribe cada día, como mecanismo de supervivencia y cree que la poesía es su única forma de redención. Poeta invitada mediante Convocatoria de la Revista Prometeo para participar en el 36º FIMed.

Última actualización: 2026-05-15